Nunca hace calor cuando juegas

Gracias al aire acondicionado del pequeño utilitario no tengo problemas en recorrer este horno viviente que es la ciudad en agosto. Parado en un pequeño atasco producido por las obras de pavimentado, veo como unos críos pasan con las bicicletas por un paseo lateral. Deben estar mal de la cabeza, ¿cómo se les ocurre ir con este calor?

Sin embargo, ¿acaso no hacía yo lo mismo a su edad?

Hoy es un día cualquiera, de un verano ya lejano en que la sobremesa era de sagrada siesta y de “Coche fantástico” al mínimo volumen para no despertar a los mayores. Según terminaba aquel idolatrado Michael Knight su aventura diaria, apagaba la televisión y me acercaba a la habitación de mis abuelos a susurrar que salía con la bici. A lo que invariablemente me decían “vale, pero si hace mucho calor espérate un rato”. Calor… ¡Ja! ¿Acaso un niño de diez años tiene calor cuando va a jugar? Para nada.

Abrir la puerta de la calle con el mayor cuidado mientras sacas la bici era todo un arte. Al mínimo error empezaban a chirriar los goznes tanto, que entonces salía mi madre a echarme la bronca por salir con “aquella solanera”. Ya fuera, solo había que esperar un minuto o dos a que saliese mi primo, cuya casa estaba pared con pared con la nuestra.

Enfilábamos la carretera, y nos íbamos sobre nuestras pesadas bicis, sin pensar a donde dirigirnos, decidiendo qué camino tomar en el momento de llegar a la intersección. Simplemente pedaleábamos y comentábamos como aquel maravilloso cochazo saltaba por los aires y aterrizaba sin un solo rasguño. Al tiempo hacíamos caballitos y cogíamos algún montículo del arcén para dar un salto y emular a “KITT”. Aquellos saltos de apenas diez centímetros eran “la vida” para nosotros.

Y por supuesto, en algún instante de aquel tranquilo paseo uno de los dos retaba al otro a ver quién llegaba primero a la finca del tío Paco o hasta la siguiente acequia. La clave para coger ventaja era quien tenía el apoyo de la primera pedaleada como debía. Lo dábamos todo, y nos daba igual que fuesen las cinco de la tarde de agosto, que hiciese cuarenta grados o que viniese un meteorito directamente hacia nosotros.  El corazón se te salía por la garganta, corriendo a mil por hora y sudando a mares.

Cuando se llegaba a aquella meta ficticia, el que perdía siempre alegaba trampas o que no había dado tiempo a prepararse. Diez segundos de acusaciones cruzadas, y vuelta a hablar de cualquier cosa, hasta que volviese a haber reto.

El claxon del coche de atrás me devuelve a mi edad. Ya se puede avanzar de nuevo. Me sorprendo pestañeando hasta que las lágrimas despejan mis ojos. Me pongo excusas como que he estado mucho tiempo sin parpadear o que llevo el aire demasiado fuerte. No quiero admitir que estos treinta años de distancia me ha hecho emocionarme.

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