Un paseo durante la siesta

Lo normal a aquellas horas, era que el único sonido que atravesase el agobiante calor de julio fuera el de las cigarras y, a lo sumo, el ladrido de algún perro disputando algún resquicio de sombra. Sin embargo aquellos dos niños, casi adolescentes, montando sobre sus bicicletas, construidas con trozos de otras mucho más viejas cual pequeños doctores Frankensteins, rompían la quietud con sus gruesas ruedas de tacos sobre los caminos de piedras. Eran críos de ciudad, que no respetaban la santificada hora de la siesta. Los dos primos, y nietos de la Tomasa y el Marcial, habían sido dejados allí por sus padres al inicio del verano, momento en que se acabó la tranquilidad a la que estaban acostumbrados los lugareños de aquel pueblo de interior castellano. Los rapaces pasaban todo el día arriba y abajo con aquellas pesadas chatarras de dos ruedas. Sudando la gota gorda. Gritando, riendo y retándose continuamente a ver quién llegaba antes al siguiente recodo del camino.

Pero aquella tarde fue diferente. No se oían risas. No había alegría en sus rostros. Solo prisa… y miedo. El ritmo que llevaban era frenético. A cada pedalada que daban la bicicleta, esta se inclinaba peligrosamente hacia un lado u otro. Los brazos les empezaban a doler por el esfuerzo que estaban realizando al volver a nivelar aquellas moles de hierro llenas de soldaduras. Estaban atravesando el pueblo a toda la velocidad que les permitían sus piernas. Cada intersección que cruzaban era un disparo a una ruleta rusa.

Después de comer se habían escapado de la casa de sus abuelos para ir a buscar “cosas” al vertedero ilegal que había cerca del bosque viejo. Con aquellas tablas, plásticos y telas, construirían una nueva guarida para jugar. Bajo aquel sol abrasador nadie iría por allí, así que no habría peligro de que los pillasen. No lo tenían prohibido, pero no estaba visto con buenos ojos ir a rebuscar en la basura de los demás. Llevaban un rato curioseando, separando de aquí y allá aquello que les sirviese para hacer su choza, alejándose poco a poco del camino de acceso. Apenas lo habían perdido de vista, cuando escucharon un motor. Con cautela, ambos chicos se asomaron para ver quien venía, y de paso comprobar que las bicis estaban ocultas tras una vieja nevera oxidada. Un furgón abollado apareció en el camino de acceso, reculó y se acercó todo lo que pudo hasta un montón de basura de buen tamaño. El hombre que se apeó tenía un aspecto desaliñado y sucio. Se dirigió a la parte trasera, abrió el portón y desapareció en la caja del vehículo. Pasaron un par de minutos sin suceder nada. Los chavales esperaban con el corazón en un puño, pensando más en el castigo de su abuela al enterarse de que habían estado allí, que en lo que pudiese pasar en ese momento.

Cuando el hombre volvió a aparecer, lo hizo de espaldas, arrastrando algo de un buen tamaño. Una vez estuvo en el borde de la caja pasó por encima de él. Era un bulto amorfo recubierto por un plástico de color azul oscuro. De dos empujones el paquete cayó encima un montículo de cacharros viejos. Del interior sacó un par de palés de madera que echó encima. Bajó, cerro el portón, subió a la cabina y desapareció por el camino. Pasaron unos minutos hasta que los dos niños convinieron entre susurros ir a investigar. Aquellos palés vendrían de perlas para su nueva guarida. Los movieron hasta dejarlos detrás de la vieja nevera. Ya verían como los transportaban más tarde. El plástico azul quedó entonces expuesto. Estaba atado con aquella cuerda negra de plástico que usaban los labriegos del pueblo. Con ella ataban cañas y hacían pequeñas estructuras para que las tomateras trepadoras pudiesen recibir mayor cantidad de sol y crecer más. A partir de entonces cada vez que los críos viesen aquella cuerda, ya no la asociarían a la labranza, sino a aquel paquete.

lternaron la mirada entre el paquete y a su compañero varias veces en silencio. Cuando se tenía el grado de complicidad que tenían entre ambos, ya no hacía falta decir palabra. En la lejanía se oyó el graznido de un pájaro. Fue como una señal. Se abalanzaron sobre el paquete. El plástico era demasiado duro para poder romperlo con las manos, así que comenzaron a desatar con desorden las cuerdas para ver que había en su interior. Al mover el bulto para poder quitar todos los nudos, esté se abrió, cayendo parte de su contenido al suelo. Los críos saltaron hacia atrás como un resorte, aterrizando sobre sus posaderas, al ver lo que era. Corrieron hacia las bicicletas cual alma que lleva el diablo. No hizo falta decir hacia dónde dirigirse. Sus abuelos sabrían que hacer.

Habían descubierto a la primera víctima. Quizás no la última de aquel verano. Aquel en el que perdieron su inocencia.

FIN

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¡Saludos!
Alfonso

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